La tercera temporada de Alice in Borderland llega con una presión enorme: mantener el nivel de tensión de las anteriores, satisfacer a los fans del manga y, al mismo tiempo, no quedar a la sombra de El juego del calamar. El resultado es una entrega ambiciosa, visualmente potente, pero también irregular en ritmo y enfoque. Con una temporada de seis capítulos de una hora, es perfecta para un fin de semana.

Desde el primer episodio se nota que Netflix ha invertido fuerte. La recreación de un Tokio desierto vuelve a ser uno de los grandes atractivos, con efectos digitales muy cuidados y escenarios más variados. La dirección apuesta por planos amplios y juegos más complejos, buscando un espectáculo más cinematográfico. Sin embargo, esa ambición también juega en contra: algunos episodios se alargan más de lo necesario y ciertos juegos parecen diseñados más para impactar visualmente que para profundizar en los personajes. Aun así, la factura técnica es de alto nivel y consolida la identidad visual de la serie.
Uno de los puntos fuertes para los seguidores es la cantidad de referencias al manga original de Haro Aso y a su adaptación animada (OVA). Se recuperan dinámicas de juegos muy queridas por los lectores y se enfatizan relaciones que en pantalla habían quedado algo diluidas. Hay planos que reproducen viñetas casi de forma literal y decisiones narrativas que buscan claramente emocionar al fan veterano. En algunos casos funciona muy bien, porque conecta con el espíritu original; en otros, puede sentirse un poco forzado, como si la serie intentara recordar constantemente su fidelidad al material base.

Uno de los momentos más comentados es la aparición de Ken Watanabe. Su presencia aporta peso y prestigio internacional a la temporada. Aunque su papel no es excesivamente largo, tiene una función simbólica importante dentro del desarrollo del conflicto final. Watanabe aporta una autoridad natural y una intensidad contenida que elevan las escenas en las que participa. Más que un simple cameo, su aparición parece una declaración de intenciones: la serie quiere consolidarse como producto global de gran nivel.
En cuanto a los protagonistas, Arisu y Usagi siguen siendo el corazón emocional de la historia, pero la temporada dedica más tiempo a los dilemas morales y existenciales que a la pura supervivencia. Esto aporta profundidad, aunque ralentiza el ritmo en algunos tramos. La tensión psicológica está mejor trabajada que en entregas anteriores, pero no todos los secundarios reciben el mismo cuidado. Algunos quedan reducidos a funciones narrativas claras dentro de los juegos.

El problema que ha tenido Alice in Borderland es la coexistencia temporal con ‘El Juego del Calamar’. Aunque las dos temporadas anteriores se estrenaron antes de la serie koreana, el fenómeno global de ‘El Juego del Calamar’ ha marcado el estándar del “thriller de juegos mortales”. Ya los desafíos no son tan espectaculares. En esta tercera temporada, Alice in Borderland opta por diferenciarse mediante la complejidad estratégica de los juegos y por un enfoque más existencial. Mientras ‘El Juego del Calamar’ subraya la crítica social y económica, Alice se mueve más en el terreno filosófico y casi metafísico.
La tercera temporada de Alice in Borderland es ambiciosa, visualmente impactante y claramente pensada para consolidar la franquicia. Ofrece fanservice inteligente, una producción de alto nivel y el atractivo añadido de la participación de Ken Watanabe. No es perfecta: el ritmo irregular y cierta tendencia a la sobreexplicación le restan fuerza. Si te gustaron las temporadas anteriores, esta tercera entrega ofrece espectáculo y reflexión, aunque quizá no el mismo efecto sorpresa del inicio. Es un cierre con guiños a los anteriores personajes de la saga, que aunque queden un poco lejos, generan la ilusión de la revista.
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